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EL LEGADO DE UNA BUENA FORMACIÓN EN VALORES Y PRINCIPIOS DESDE TEMPRANA EDAD ES CLAVE PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UNA MEJOR SOCIEDAD

Si nos preguntaran por las principales diferencias que caracterizan a la humanidad, seguro muchos de nosotros pensaríamos de inmediato en la amplia diversidad que podemos encontrar entre países, culturas, generaciones y zonas geográficas de nuestro planeta. Por el contrario, si nos cuestionan por aquellos elementos que nos hacen similares, seguro la gran mayoría de las respuestas requerirán de un proceso de pensamiento más profundo y se centrarán en el hecho de que como personas tenemos en común nuestra capacidad de pensar y la pertenencia a una misma especie biológica.

Sin embargo, además de estos factores, hay algo más que es común a la forma en la que todos vivimos. Una institución que nos ha acompañado desde los primeros pasos de nuestra presencia en la tierra (incluso antes de que existieran muchos de los factores que nos diferencian) y que seguro es tan cotidiana para muchos de nosotros que la consideramos obvia a la hora de reflexionar sobre estos cuestionamientos. Por supuesto, me estoy refiriendo a la familia.

Aunque en cada cultura y país el significado de familia pueda ser diferente, en lo fundamental, el sentido de familia suele ser el mismo: un grupo de personas que mantienen vínculos y relaciones estrechas, a partir de valores y principios compartidos que les permiten construir un propósito común para desarrollar una visión de futuro para la vida. Lazos que se pueden fortalecer con el paso del tiempo y sobre los cuales se puede argumentar han impulsado directamente el avance y desarrollo de nuestra sociedad a través de la historia. La familia, al igual que la educación (tema del que ya he hablado en otras ocasiones), hace parte del club de bases cruciales en nuestro camino al éxito personal y profesional.

¿Por qué es tan importante?

Porque los valores y enseñanzas que recibimos de nuestros padres, en el entorno familiar, son claves en la determinación de nuestro talante y carácter como personas. La formación en principios, el impulso a la curiosidad intelectual, el liderazgo por ejemplo y el acompañamiento para la determinación del bien y el mal; son aspectos fundamentales del desarrollo personal de cualquier individuo y se hacen visibles en cada decisión que tomamos desde nuestros roles en la sociedad. Aunque se piense que no se puede enseñar transparencia o integridad, si se puede enseñar un sistema de valores desde temprana a edad que lleve a que en las distintas etapas de la vida cada persona pueda tomar las mejores decisiones. No solo para su beneficio propio, sino también, para fortuna de toda la sociedad.

En mi caso personal, tuve la fortuna de crecer en un hogar conformado por personas íntegras que desde muy temprana edad se aseguraron de transmitirnos, a mis hermanos y a mí, aquellas enseñanzas que se han vuelto clave en nuestro éxito. Aunque aprendí mucho de mi papá, creo que la principal enseñanza que me queda de él es que en la vida no hay sustituto para el trabajo arduo y la rectitud. Nada se consigue fácil en el mundo en el que vivimos, y por eso, debemos trabajar desde muy jóvenes para asegurar los cimientos para el futuro que queremos. Trabajar es una costumbre que se adquiere desde el jardín de niños y que nos permite enfrentar y manejar sabiamente las situaciones y retos a los que nos enfrentaremos en el camino.

De mamá aprendí el valor de tener conciencia social y ayudar a los demás cada vez que pueda. En nuestro hogar, gracias a ella, siempre fueron recurrentes los gestos de ayuda a las personas necesitadas que tocaban a nuestra puerta. Una conducta de altruismo y de compromiso social que se me quedó grabada en la mente y el corazón. Por eso, a lo largo de mi vida he tenido la convicción de apoyar diversas causas tanto al interior de Panamá como en escenarios internacionales.

Por parte de mis abuelos, también recibí el importante legado de mantener siempre la vocación por invertir en una buena educación, para mí y por supuesto para mis hijos. Mi abuelo Julio, al igual que mi papá, fue un profesional que destinó los fondos que le suministró su práctica de dentista para educar a sus hijos en las mejores universidades. Ese siempre fue su compromiso, heredado por mi papá y ahora por sus nietos. Un legado que juega un papel fundamental en el éxito que ha tenido la familia Alemán a través de las generaciones y que nos ha permitido acceder a las condiciones para materializar nuestros propósitos y contribuir a la construcción de una mejor sociedad para todos.

En conclusión, espero que esta reflexión sirva para que todos aquellos que me leen tengan siempre presente el importante valor que juega la familia y el legado que esta ofrece en la consecución del éxito personal y profesional. No solo para cada uno de nosotros, sino también, para todo un país en el que diariamente miles de ciudadanos interactuamos y tomamos decisiones que determinan el futuro de Panamá. Los valores y aprendizajes que se puedan desarrollar desde temprana edad en el entorno familiar son claves para que nuestro país se llene de ciudadanos íntegros que nos permitan seguir avanzando en temas de desarrollo y comunidad.